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SER Y ESTAR PARA SER
o hacia una poética honesta
Acentuar el concepto; insistir en la esencia de la idea, ha sido desde la más remota antigüedad de las civilizaciones, tarea inherente y omnisciente del poeta. Con éste propósito elaboró herramientas y recursos inmateriales que le ayudaran a expresarse de modo que su mensaje llegara a la psique de sus lectores-escuchadores, puesto que no siempre el poeta “imprimió” su obra en un soporte asible. Se crearon escuelas literarias y corrientes de pensamiento que, en mucho, enriquecieron el bagaje cultural y artístico de los pueblos, aunque en muchos casos, la práctica dogmática de los postulados de estas o algunas de estas escuelas, terminaron alejando a la masa “ignorante” de la obra de los poetas eruditos, que oscurecieron su mensaje y se acercaron más a las élites intelectuales y económicas. Siempre hubo, sin embargo, poetas populares que, en algunos casos dejaron sin firmar sus escritos, quedando en labios de la población llana, la tarea de perpetuarlos en el tiempo en agradecimiento por el sacrificio de sus egos.
Es pues, en gran medida, de índole docente el papel del poeta en la sociedad a que se debe, pues ilustra con su obra el mundo de quien se adentre ya por diversión o buscando una puerta de acceso al conocimiento del mundo inmaterial. Mal puede, por tanto, llamarse tal un poeta que huya del hábito de la lectura por evitar las “influencias”, creyendo que el poeta nace y no se hace. El poeta se autoconstruye puesto que sólo nace humano y no poeta. Signado, por sus vivencias particulares durante su niñez y juventud, devendrá poeta y para no caer entre las garras de la mediocridad, se hará lector (en ocasiones fortuitas, empedernido), puesto que es en la lectura de los poetas que sobrevivieron al “filtro” de la historia donde encontrarán las ideas que nutran de verdades universales sus obras, por cuanto continuarán el debate, la búsqueda ideal, el ideal de satisfacción espiritual y material de la humanidad. El poeta no tiene mayores obligaciones que con su obra y con sus lectores, ésta es su responsabilidad única. Para ello ha de encontrar los mecanismos de una identidad poética propia o colectiva, pero encontrarla; devanarse los sesos en la búsqueda. Sí, sé que peco de ultraísta, quizá hasta de ortodoxo. Sólo no se “crea” que busque imponer a nadie mi criterio. Sólo lo expongo.
En poesía, como en todo, ocurre -grosso modo- una distribución en sentido lineal, de tres grandes grupos, en uno de cuyos extremos se ubican los mediocres ortodoxos y en el otro, los eruditos ortodoxos. En medio de estos polos extremos, ocurre la concentración de buscadores de un equilibrio siempre evanescente (entre los cuales me ubico). Esta porción, quizá la más numerosa, que llamaré sub-casta, se debate a ciegas o casi a ciegas entre la duda sobre si se sacrifica el contenido en aras de la estructura o la estructura en aras del contenido. ¿Qué se gana con sacrificar a una o a otro? ¿Por qué no hacer partícipes a ambos elementos en la construcción lúdica de un mundo en que florezcan por igual el contenido y la estructura, en armonía complementaria? Habría entonces que preguntar si ese “sacrificio” no esconde la incapacidad de dominar la estructura… porque asunto de elección personal, responsable y respetable, es que una vez conocido, comprendido y dominado el arte de jugar con la estructura, el poeta en uso pleno de su libertad, decida abandonar el uso de tal o cual forma o estructura. Es asunto soberano del poeta, (a mi entender a veces superfluo), el decidirse por enderezar sus pasos en el rumbo que tome como propio. Lo que no acepto, porque no comprendo, es que en defensa de esa “soberanía” el o la poeta esgrima sofismas que escondan a la masa o a sus “co-legos” su incapacidad de dominar la estructura que combate. Porque quien ha dominado las estructuras del arte que DOMINA y se aleja de alguna forma estructural, lo hace con plena conciencia de que a partir de ese momento su poética ha de estar libre de los parámetros que expulse de su obra, entonces sí, por los motivos que quiera. Es decir, no me vengan con cuentos. Hay que tomar conciencia de ser y estar para ser.
Ya quisiera que los mediocres se elevaran un ápice por sobre sí mismos y que los eruditos descendieran de sus nubes intelectuales hasta la humana realidad del hombre. Comprendo -sin embargo- que es deber único del individuo despertar, levantarse y andar por su propia voluntad e impulso hacia la meta material o metafísica, que se haya propuesto, del mismo modo en que la meta debe alejarse despavorida, cada vez que sea alcanzada, para seguir siendo…
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